jueves, 17 de mayo de 2018

El pecado, padre de la soledad


Todos nosotros en algún momento de nuestra vida hemos sufrido alguna decepción, hemos sido queridos menos de lo que esperábamos, nos han sobreprotegido, nos han sobrevalorado o infravalorado… cada uno de nosotros se ha sentido herido alguna vez en su vida.


Sin embargo, las heridas que hemos sufrido podrían ser también una oportunidad para nuestra propia humanización y una oportunidad para el verdadero encuentro con Dios. No es casualidad que sea el costado abierto de Cristo del que mane la salvación del hombre: de su Corazón herido manan las corrientes de agua viva.

“Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba.” Juan 7, 37

Los griegos conocen el misterio de la herida, cuando dicen que sólo el médico que está herido es capaz de curar heridas. San Juan describe a Jesús como el Médico herido que está colgado de la Cruz. En la Cruz, Jesús lleva al herido de muerte. Pero de esa herida manan sangre y agua, fluye el santo y santificador Espíritu de Dios sobre toda su creación. Así mis heridas pueden convertirse también en fuentes de vida para mí mismo y para las personas de mí alrededor.

Como herido que se ha reconciliado con sus heridas podré tratar con misericordia con los demás, con la conciencia de que nada humano me resulta extraño. Tendré un corazón para los pobres, los heridos, los huérfanos: los desgraciados. No apreciaré ni valoraré, sino que contemplaré lo que es.

No son los sanos los que tienen necesidad de médicos sino los heridos. Jesús se volvió precisamente hacia las personas heridas porque sabía que esas personas están abiertas a la Buena Noticia. Los heridos descubren que no son capaces de curarse a sí mismos, que dependen de la gracia de Dios.
Entonces ya no confundo a Dios con el propio éxito, con la propia imagen ideal, sino que siento realmente al Dios de mi salvación, al Dios que me sana y me devuelve totalmente la integridad: a mí, que estoy desgarrado y herido.

San Pablo pidió a Dios que le librara de su humillante herida. Pero Cristo le respondió: “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad” (2Cor 12, 9). Su herida le recordaba que todo es gracia; que se halla al servicio de Dios y que no trabaja en nombre propio. El misterio de la Gracia divina consiste en que Dios quiere obrar su salvación en los hombres precisamente a través de nuestras heridas, a través de nuestros puntos sensibles. Lo que le importa a Dios no es que seamos perfectos, sino que seamos permeables a su Misericordia y al amor que Él nos tiene. Nuestras heridas nos instan a que, en medio de nuestra impotencia, nos pongamos a disposición de Dios para que Él actúe por medio de nosotros y, a través de nuestras heridas curar también las de las personas que nos han sido confiadas.


¿Qué decir de la angustia de sentirse uno solo, vivir la sensación de estar abandonado por todos? Son esos momentos en los que en medio de una situación concreta tus amigos ya no están, a mi familia no le importo nada, no consigo una relación de pareja estable…
¡¡TÚ NO ESTÁS SOLO!! Nuestro Señor sale a nuestro encuentro con esa Palabra que sabe tanto de nosotros y por eso ha de llegar al fondo de nuestro corazón:


“¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, pues vosotros valéis más que muchos pajarillos”  Mateo  10, 29-31

Estamos en las manos del Señor y nos conoce de tal modo que sabe el número de cabellos de nuestra cabeza. Con este simple ejemplo el Señor quiere mostrarnos que nos conoce perfectamente y que somos importantes para Él.

Esto es muy importante porque cuando descubro y vivo mi dignidad, una dignidad que viene de Dios y no de los hombres, me libero de la angustia ante la posibilidad de que me dejen solo. Yo valgo, puedo permanecer en mí, no debo abandonarme.

Si no voy descubriendo esto en mi vida, nuestra experiencia nos indica que cuanto más buscamos a otras personas para que nos liberen de nuestras angustias, miedos e inseguridades, tanto mayor es la probabilidad de que nos sintamos decepcionados. Es verdad que siempre hay personas que nos ayudan y nos acompañan en nuestra vida, pero nadie nos liberará por completo. Solo Dios puede hacerlo.

Si confió en el hecho de que Dios cuida de mí, de que no me deja solo, de que Él es la fuente de vida y la verdadera libertad interior, entonces también puedo dirigirme con mayor confianza a otras personas y pedirle ayuda.

Cuando esperamos que el otro nos proporcione un apoyo absoluto, un amor absoluto, una seguridad absoluta… acabamos exigiendo un imposible, porque nadie puede darnos algo absoluto. Esto sólo pude darlo Dios. Cuando espero del otro un apoyo absoluto, me aferro a él. Pero esta expectativa lo oprime, y reacciona replegándose. Lo cual, a su vez incrementa mi angustia. Todo ser humano anhela estabilidad y protección, seguridad y confiabilidad. Y a menudo tratamos de superar esta angustia esperando tal estabilidad y tal seguridad de otra persona. Peo entonces se produce un círculo vicioso: cuanto más nos aferramos al otro, tanto mayor se hace la angustia ante la posibilidad de que no cumpla nuestras expectativas, y nos quedamos solos con nuestra decepción. Este camino no conduce a ninguna parte.

Jesucristo nos indica otra posibilidad para hacer frente a esta angustia frente a nuestras relaciones: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí” (Mt 10, 37)

Con estas palabras Jesús quiere abrirnos los ojos para que enmarquemos correctamente nuestras relaciones. No quiere destruir el valor de la familia ni menospreciar nuestro a mor a los padres o a los hermanos de comunidad o a tus amigos. Pero sabe que corremos el peligro de aferrarnos angustiosamente a estas relaciones. El Señor no nos niega en modo alguno nuestro dolor ante la pérdida de un ser querido, no nos niega que amemos, todo lo contrario, pero debemos recordarnos una y otra vez que la llamada principal que recibimos de Dios es la llamada a la Vida, a ser por y para Dios. Nadie es propiedad nuestra y debemos dejarlos libres y confiarlos continuamente a la llamada de Dios. Entonces nos estaremos comportando debidamente con ellos y con nosotros mismos.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Catequesis sobre la Eucaristía (4)


Catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Eucaristía



En la catequesis de hoy, reflexionamos sobre la necesidad de ir a misa los domingos. Muchos se preguntan cuál es el motivo de celebrar la Eucaristía los domingos. Se podría responder que desde el inicio los discípulos han celebrado este día porque en este día resucitó el Señor y recibimos el don del Espíritu Santo. Como ellos, también nosotros vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor dicho para dejarnos encontrar por Él, escuchar su Palabra y alimentarnos del pan de vida, en comunión con toda la Iglesia.

La celebración de la Eucaristía dominical da sentido a toda la semana y nos recuerda también, con el descanso de nuestras ocupaciones, que no somos esclavos sino hijos de un Padre que nos invita constantemente a poner la esperanza en Él.

Por desgracia, para muchos la Misa del domingo ha perdido sentido, piensan que basta ser buenos y amar. Esto es necesario, pero no es posible sin la ayuda del Señor, sin obtener de Él la fuerza para conseguirlo. En la Eucaristía recibimos del Señor lo que más necesitamos, Él mismo se nos da como alimento y nos anima a seguir caminando. La Misa es también prefiguración del banquete eterno al que somos llamados; el domingo sin ocaso donde no habrá llanto, ni luto, sino el gozo y la alegría de estar siempre juntos con Jesús.


Audiencia general. Miércoles 13 diciembre 2017

Catequesis sobre la Eucaristía (3)

Catequesis del Santo Padre Francisco sobre la Eucaristía

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuando con las Catequesis sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la misa? La misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a nuestra vida.

Por esto, para comprender el valor de la misa debemos ante todo entender entonces el significado bíblico del «memorial». «En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos»Catecismo de la Iglesia Católica (1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a término la Pascua. Y la misa es el memorial de su Pascua, de su «éxodo», que cumplió por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no, es más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos.

La eucaristía nos lleva siempre al vértice de las acciones de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte sobre vosotros toda la misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (Cost. Dogm. Lumen gentium, 3).


Cada celebración de la eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él para hacer la Pascua. En la misa se hace Pascua. Nosotros, en la misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo —dice san Pablo— y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 19-20). Así pensaba Pablo.

Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos víctimas del pecado nuestro o de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.

Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la derrota para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida nueva». (Oración eucarística iv). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él trasformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la eucaristía, Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida.





Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, en la certeza interior de que si incluso el otro me hiriera, yo no moriría; de otro modo, debería defenderme. Los mártires dieron la vida precisamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin miedo. Esto es la misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús; cuando vamos a misa es si como fuéramos al calvario, lo mismo. 


Pero pensad vosotros: si nosotros en el momento de la misa vamos al calvario —pensemos con imaginación— y sabemos que aquel hombre allí es Jesús. Pero, ¿nos permitiremos charlar, hacer fotografías, hacer espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaremos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. 

Cuando entramos en la iglesia para celebrar la misa pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen las charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esto tan hermoso que es la misa, el triunfo de Jesús.

Creo que hoy está más claro cómo la Pascua se hace presente y operante cada vez que celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, regalándonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo.


Audiencia general. Miércoles 22 de noviembre 2017